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ECOLOQUIA - Cultura ecologica y Medio Ambiente

viernes
10.sep 2010
Home arrow Cultura: Arte y Letras arrow EL CARNAVAL arrow Gomez de Villa Rosita, LA VISITA
Gomez de Villa Rosita, LA VISITA PDF Imprimir E-mail
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LA VISITA

 

   Aquella noche de febrero era la más calurosa del año. Ese verano había sido tórrido desde un comienzo. Ya en diciembre, apenas llegado a Chilecito, La Rioja, donde vivía la familia de mi tía Corina, empecé a padecer los efectos del calor. Me embotaba los sentidos, dejaba mi cuerpo pesado y húmedo, casi todo el tiempo.
   El motivo de mi viaje era descansar, y eso estaba haciendo, bajo la quieta y cariñosa mirada de mi tía, que siempre me regañaba, que estaba flaco, que estudiaba mucho, que me iba a enfermar.
   Por lo tanto mi madre y ella confabulaban mis vacaciones en esa pequeña población riojana, con aire puro de la montaña, comida abundante y variada, mucha fruta y diversión.
   La casa era especialmente grata y apacible. Las amplias galerías, los frescos patios, el perfume de las glicinas, y esa sombra  espesa de la parra bajo la que había, desde que yo recordaba, una mesa rústica con largos bancos. Allí almorzábamos y cenábamos todos los días. Salvo si llovía.
   Al mediodía, la pesadez del calor nos empujaba a una siesta reparadora y ansiada. Mis dos primos, Alfredo y Guillermo, de mas o menos mi edad, eran dos changos buenazos, bromistas y cariñosos; con ellos compartía la habitación durante mis vacaciones, durmiendo largas siestas casi hasta las cinco de la tarde, hora a la que mi tía nos llamaba a tomar mate, con algún sabroso pancito casero, o  las “tortitas” cocidas en la arena.
   Los cuentos, los recuerdos, las anécdotas de la infancia de cada uno eran el tema obligado de esas larguísimas tardes, de risas, que a veces continuaban en las sobremesas de las cenas , cuando no sólo estaba mi tío, que regresaba del trabajo, sino que también se nos unían dos amigos de mis primos, Ignacio y Juan. Vecinos entrañables, siempre sonrientes, adheridos a una vieja guitarra, que ejecutaban ambos con la misma maestría, entonando toda suerte de temas folklóricos de esa zona norteña. Formaban con mis primos una pandilla bulliciosa, como niños grandes, compartiendo esa amistad que dan los años de estar juntos, gozando de lo bueno, restándole importancia a lo malo.
   Con todos ellos fui aquella noche a los “corsos”. Harina, albahaca y agua eran los preferidos de los murguistas, de los disfrazados que pasaban fingiendo la voz, bromeando al pasar. Desfilando por las calles que circundaban la plaza, las grandes carrozas alegóricas, profusamente decoradas. Sobre ellas, hermosas niñas, sonrientes, saludando donosas y tímidas a los concurrentes.
   Mis primos y sus amigos desaparecieron tras unas mozas, a las que arrojaban agua entre carcajadas y corridas. Coquetas y risueñas ellas, ellos, galantes en la divertida persecución.   De todos los disfraces que había visto ninguno  llamó mi atención. Eran caseros, pueblerinos y sencillos, y casi todos se conocían entre sí, ya sea por su forma de reírse, de caminar, etc.
    Tan distraído estaba, mirando pasar la gente,  que me sobresalté cuando una fuerte mano oprimió mi hombro obligándome a dar la vuelta. Un escalofrío me recorrió el cuerpo  sin querer, al ver un disfrazado de muerte, cuya mano continuaba presionando mi hombro,  mientras con la otra sostenía una guadaña. Me miraba fijo a los ojos, satisfecho de mi incomodidad. El disfraz era impactante. Completamente negro, con los huesos del esqueleto dibujados en blanco, que resplandecían bajo las luces del corso, remataba el atuendo con una capa, amplia y brillosa como si hubiera sido de seda.  El rostro, cubierto de negro, pero con la calavera pintada sobre él con sólo dos huecos, el de la boca, donde asomaban unos labios finos y tensos, y el de los ojos, que relucían en la noche, con un brillo afiebrado y cruel. Un frío extraño me recorrió el cuerpo y casi pienso que,  sobre el fragor del carnaval, el latido súbitamente acelerado de mi corazón se podía escuchar alrededor nuestro.
    En la mirada penetrante y fija del personaje, yo vi que gozaba con mi azoramiento, y a juzgar por el temblor de mis rodillas creí que me iba a desmayar. Ni un sonido salió de mi boca ni de la suya. Después de unos minutos que me parecieron horas, soltó mi hombro y con una carcajada estridente, tiró la cabeza hacia atrás, se envolvió en su capa y se fue, desapareciendo entre la multitud, tan misteriosamente como había llegado.

   Apenas recobrado, llegaron mis primos entre risas y empapados, tanto como sus amigos. Al verme tan pálido, me preguntaron y les conté mi encuentro con el disfrazado y su extraña actitud. Más inexplicable fue cuando me aseguraron que en esa noche no hubo NADIE vestido de MUERTE...

 

 

                                                     Rosita Gomez de Villa
                                                      Cordoba, Argentina

 
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